sábado, 4 de abril de 2020

Catalepsia

Catalepsia, años después le darían este nombre, bastantes años después como para que historias como esta sean una anécdota de los médicos.
En este tiempo vivió Dennis Clark, un prominente banquero que poseía una riqueza tan abundante que solo competía con su menosprecio hacia los demás, a los cuales consideraba solo los rieles oxidados y desgastados, sobre los que el tren de las riquezas debía posarse para seguir avanzando. Ninguno de sus sirvientes podría decir que había algo más allá que la necesidad de la paga para mantenerlos unidos a este hombre, es por ello que incluso nunca llego a casarse, pues no quería tener que dejar nada a nadie que no fuera el mismo.
Un día de otoño, cuando estaba entrando a sus treinta y ocho años cayó en cama, aquejado por una enfermedad que desconocían aun los mejores médicos de su tiempo, algunos le decían la “fiebre del sueño”, se hablaba mucho de ella, incluso dio explicación al mito de la magia vudú y los resucitados, gente que había regresado de la muerte en sus ataúdes, algunos otros desgraciados no habían tenido tanta suerte y habían despertado muy tarde, cuando tuvieron que mover sus cuerpos a nuevas ubicaciones descubrieron sus cuerpos en posiciones llenas de desesperación acompañadas por arañones que en muchos casos lograron agrietar la madera.
Por suerte la tecnología e ingenio había dado con una solución, si bien no elegante, bastante práctica, un tubo del grosor de una naranja bajaba hasta los ataúdes con un agujero idéntico donde encajaría el tubo dando opción de respirar a la persona en caso “despertara” y como medio de comunicación para alertar de dicho despertar, un cordón subía por el tubo hasta una campana, la cual podría ser accionada para poder ser auxiliado.
Dennis por primera vez había sentido miedo en su egoísta vida, por ello cada día probaba la cuerda que debía accionar en caso despertara dentro de una cama algo menos espaciosa de la que estaba acostumbrado. Así estuvo por catorce días, hasta que de un momento a otro cayó en un sueño del cual no despertó más, o eso creyeron sus doctores. Cuando Dennis abrió los ojos, había quedado ciego, o eso pensó los primeros tres segundos, hasta que trato de incorporarse y se golpeó la frente con algo tan duro como una piedra, respiro profundamente y un olor a tierra húmeda lo hizo entender que estaba pasando, respiro más despacio, como había practicado con su doctor, busco en el lado derecho la cuerda, tal y como había acordado con el servicio funerario, ahí estaba ese trozo de cuerda de cáñamo, con la misma textura que por tantos días había sentido, tiro suavemente de ella y pudo sentir la resistencia que generaba la campana que al final de la cuerda estaba atada, se preparó para dar el tirón que debía para anunciar que había despertado, al darlo pudo sentir la tensión, hasta sintió el sonido que generaba, la cuerda se había roto.
Catorce días seguidos de tirones acumulados cada dos minutos de forma compulsiva, había desgastado las fibras entretejidas hasta que la humedad de la tumba había dado el toque final a esa broma siniestra, la tecnología tan práctica ahora no lo era, Dennis comenzó a respirar de forma desesperada hasta que de pronto, despertó. Todo era un sueño. El sol aparecía fuertemente por la ventana, golpeando a sus ojos directamente, ingresaba fuertemente por esa pequeña ventana redonda, pequeña y redonda, del tamaño de una naranja. No, no era un sueño, estaba ahí, en su pequeña y cómoda habitación final, con el cordón de cáñamo a su lado, lo cogió para darle el tirón, pero no sentía la tensión que debía, empezó a jalar y jalar de él, hasta que el final de la cuerda llego a sus manos, el extremo estaba limpio y sin deshilacharse, como si hubiera sido, cortado.