Como cada mañana
ella se despierta muy temprano, su mirada es tan triste, casi no pertenece a
este mundo, yo me incorporo de la cama cuando ella lo hace, no necesito dormir,
paso la noche recostado mirando al techo tratando de hilar los pocos recuerdos
que aún quedan en lo que puedo llamar memoria, desde que perdí la vida ella ha
cambiado, se ha tornado tan callada, no contesta las llamadas de nuestros amigos,
algunas incluso de mi familia, fue un accidente de tránsito, yo era el que conducía,
yo era el que siempre reaccionaba de forma violenta, fui yo quien murió, pero
es ella quien se quedó aquí, totalmente sola y eso torturara por siempre mi
alma, quizás por ello quede atrapado aquí, a su lado, no podría tener algo
parecido a una vida eterna, no podría merecerlo, esta es mi condena, ver su
rostro angelical y ya nunca más poder tocarlo.
Repito todo lo
que ella hace, como si fuera un ridículo y macabro juego del espejo, desayuno,
lavo mi rostro aun sabiendo que no veo mi reflejo en ninguna parte, me coloco
la ropa que no necesita lavarse, no sé cómo funciona esto, pero puedo hacerlo,
no he perdido mi tiempo buscando lógica a la muerte; como cada mañana salimos
de la que era nuestra casa, esta que se siente medio vacía, ni siquiera medio
llena.
Ella camina sin
mirar, su mente está destrozada por el recuerdo, la maldita estupidez de
manejar tomado y discutiendo, como quisiera regresar en el tiempo y ponerme el
cinturón en el momento indicado. Ella cruza las calles sin mirar a los lados,
muchas veces la sujeto de la muñeca y ella siente un impulso que la hace frenar
su paso, y salvo su vida, como no pude hacerlo con la mía, caminamos por
algunos minutos hasta llegar a un edificio, en la entrada puedo leer un letrero
que dice: “Dr. Esquivias – Psiquiatra”, una sensación de angustia me inunda, es
un grito de auxilio, desesperado, lastimero, el trauma de perder en segundos a
la persona que amaba es tan fuerte para ella como lo es para mí.
Subimos las
escaleras hasta el tercer piso, buscamos la oficina 108 y ambos tocamos a la
vez el timbre, pasados unos segundos un hombre de estatura regular abre la
puerta y con una sonrisa franca y una mirada comprensiva me sobresalta:
- - Bienvenido
Christian, ¿qué tal te fue esta semana?
Mi mirada se
desconecta de ella por unos instantes, quedo en silencio y solo veo mi reflejo
en sus lentes gruesos.
- - ¿Sigues
viendo el espíritu de Ángela por tu casa?
Ella voltea hacia
mí con esa sonrisa que tanto extrañaba.
- No (miento),
creo que estoy comenzando a superarlo.
Ángela extiende
su mano etérea y la apoya en mi espalda mientras entramos al consultorio.
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