Mientras se sentaba a la mesa, no podía dejar de extrañarla,
aun cuando estuvo inapetente por varios días, y otro tanto más, tratando en
vano de dominar su cuerpo y sus necesidades básicas, no podía seguir sin
alimentarse, no era sano y no le ayudaba en nada. La ausencia de la mujer que
amaba había calado hondo, sentía que una parte de él estaría vacía por siempre,
nadie podría llenar jamás ese lugar dentro suyo, nadie.
Aun cuando su familia estaba en contra, aun cuando muchos le
dijeron que no era buena influencia, peor aun cuando les dijo que se irían a
vivir a una cabaña alejada, para poner una pequeña granja, pues el disfrutaba
de cultivar sus propios vegetales para comer, ningún familiar de su amada
estaba de acuerdo. Quizás solo veían en el un hombre que jugaba con sus
sentimientos, que se aprovechaba de una mujer ciega, pero eran unos tontos, él
lo sabía, él no podía ver más que una mujer amorosa, tierna y amable, que se ganó
su corazón desde la primera vez que chocaron sus cuerpos en la calle torpemente, para él era simplemente, perfecta.
Mientras tomaba el primer sorbo del caldo, no podía dejar de
pensar en los meses que fueron felices, ella le ayudaba en la huerta, limpiando los surcos donde hubiera hierba mala y piedras, mientras él se dedicaba a conseguir el resto de
comida, las tardes que pasaban cocinando juntos eran maravillosas y divertidas. Se puso a
remover los vegetales con algo de cólera, maldiciendo el crudo invierno que había
caído de improviso, una semana antes de lo esperado, un invierno que cubrió de
hielo la huerta y los alrededores de la casa, la carretera cercana por la que
pasaban regularmente carros, pronto fue olvidada, los pocos vegetales que
pudieron recolectar se agotaban y él no podía soportar más esa situación,
fueron días difíciles.
El nunca creyó que le podría doler tanto perder a alguien,
que extrañara tanto sentir aquella suaves manos acariciando su rostro, aquellas suaves y
tiernas manos; mientras pasaba el sorbo de caldo y vegetales un lagrima
empezaba a nacer en sus ojos, cuando mordió el primer trozo sin embargo, no puedo evitar que escapara un pensamiento tan ridículamente inesperado, que se sintió mal, pero nunca hubiera esperado que unas manos suaves que acariciaban tan delicadamente su rostro, luego de ser cocidas con zanahorias y otras especias tuvieran una consistencia
tan fibrosa.