Cada noche su hijo no lo dejaba
salir de su cuarto ni mucho menos apagar la luz, siempre decía que había alguien
bajo su cama, era obvio que tenía los mismos temores que todos tuvieron de
niño, por ello su padre hacia la misma rutina que su padre también hizo por él,
miraba debajo de la cama, le decía que no había nadie y que todo estaría bien.
Sin embargo el seguía teniendo ese temor y esa rutina no dejo de repetirse día
a día, aun cuando después de una caída en el colegio el pequeño se rompió dos dientes y durmió por 3 días en la cama de su padre, nunca pudo dormir sin que
se fijara primero debajo de la cama.
Algunas noches solo fingía mirar
debajo, hacia una mueca de fastidio que el niño no veía y aunque recordaba que
su padre hizo lo mismo por él, no recordaba que hubiera tenido ese temor tan
arraigado ni por tan largo periodo de tiempo, sinceramente estaba convirtiéndose
en un fastidio, ser padre viudo era difícil, no solo porque no estaba listo
para un responsabilidad así, también se sumaba a esto el dolor de recordar a su
mujer y como tuvo que partir tan pronto.
Una noche de tantas su
hijo le había pedido que revisara y el solo hizo el ademan de mirar debajo, tal
como lo hacía en esta nueva rutina, su hijo con una ancha sonrisa blanca le pidió
que mirara bien, el padre dio un resoplido agotado mientras bajaba al ras del
piso y levantaba un poco la colcha. Se quedó totalmente paralizado cuando un cráneo
sin piel le devolvió la mirada con una rígida sonrisa sin dos dientes.
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